El cinismo de la reforma de la Ley del Aborto de Gallardón

Al ver esta mañana la portada del medio de propaganda oficial del gobierno y la cita elegida para justificarla he estado a punto de escribir un tuit con un breve, jocoso y fácil comentario sobre el orgullo de cualquier padre de que su hijo se le parezca. Pero me parece un tema suficientemente serio como para hacer un comentario más largo y reflexivo.

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Una reflexión a veces difícil por la tendencia a las proclamas contundentes desde la indignación más visceral más que a la argumentación calmada sobre un debtae que muchos creíamos ya superado.

Una reflexión más allá del cinismo de las palabras de Gallardón sobre su conciencia y su hipotética decisión, tan bochornosas como las de los yogures caducados de su homólogo Cañete. Cínicas porque nada tiene que ver la asunción de la responsabilidad de la maternidad, más aún en el caso de un hijo con una discapacidad severa, cuando se dispone de una fortuna personal ( y no vamos a entrar ahora a discutir sobre la legitimidad de su origen) con la que costear gastos médicos, cuidados personales, atención especializada, ayudas mecánicas, adaptación de la vivienda, etc, etc a cuando no se dispone, en buena medida por las medidas económicas de su gobierno, de unas condiciones de vida básicas y elementales. Cínicas porque la situación económica de la mayoría de familias españolas no tiene absolutamente nada que ver ni con la suya ni con la del presidente del Tribunal Supremo. Cínicas porque todas esas familias para tener esa misma libertad de poder actuar según su conciencia lo primero que necesitan es la garantía de unos servicios sociales adecuados y suficientes, una atención sanitaria universal, gratuita y de la máxima calidad, una educación pública no segregadora y adaptada a la integración de todos los niños independientemente de sus capacidades,… todo aquello que sistemáticamente está desmantelando el gobierno popular para destinar esos recursos a los bancos, las grandes constructoras o sus propios bolsillos.

Una reflexión más allá de los aspectos económicos y de la distruibución de los recursos, algo que sí es responsabilidad de un gobierno, y por supuesto más allá del falso y emponzoñado debate sobre el derecho a vivir de quien padece cualquier tipo de discapacidad. Derecho a vivir y a vivir dignamente con todas sus necesidades básicas cubiertas, algo que es su gobierno quien, cada vez más, niega a quien no es hijo de un ministro, de un presidente del Tribunal Supremo o de un accionista de la grandes empresas “donantes” del Partido Popular. El debate no es en qué supuestos una vida merece la pena y en qué supuestos no. Por eso nunca será aceptable una ley de supuestos independientemente de cuales sean esos supuestos. El único debate posible es el derecho de la mujer, de cada mujer, a decidir por sí misma cuando está dispuesta, es capaz o simplemente quiere asumir la responsabilidad de la maternidad.

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Como ginecólogo me dedico a diario a hacer diagnóstico prenatal con cribado de cromosomopatías y ecografías morfológicas. Algunos de esos diagnósticos llevarán a la pareja a interrumpir su embarazo si no se consideran capacitados de asumir la responsabilidad de la paternidad en esas condiciones. En otros no. Es una decisión suya y no puede ser de nadie más. No me compete a mi, ni a ningún otro compañero, ni a un comité de expertos, ni a un juez ni a un legislador decidir en qué casos la mujer está obligada a mantener una vida inviable fuera de sus entrañas. Cuando mi pareja y yo decidimos conscientemente ser padres no nos realizamos ninguna de esas pruebas que en mi trabajo hago a diario. Porque, desde nuestra libertad, y especialmente desde la de la madre, decidimos, como proclama Gallardón en la portada del ABC, que aun ante el diagnóstico de un síndrome de Down o similar no interrumpiríamos el embarazo. Pero eso fue, afortunadamente, una decisión libre y personal nuestra que no era incumbencia de nadie más, ni de ningún psiquiatra ni de ningún juez. Como tampoco lo hubiese sido si en otro momento de nuestras vidas o en otra situación económica hubiésemos decidido lo contrario ante un embarazo no deseado, aun cuando no hubiese habido ninguna complicación médica. Porque la decisión de asumir la satifación y la responsabilidad de tener un hijo solo compete, y no puede ser de otra manera, a la propia mujer.

Nunca, en ningún caso, un embarazo puede valorarse como un “justo castigo” a la imprudencia de unas relaciones sexuales sin la adecuada protección. Menos aún por parte de quien desde su fanatismo religioso quiere imponer al resto de la sociedad su patológica visión del sexo. Porque si hay un cinismo mayor que las declaraciones de Gallardón en su entrevista al ABC de hoy es la justificación de esta reforma y la imposición del embarazo como castigo amparándose en las posibilidades anticonceptivas disponibles, cuando precisamente ese mismo lobby fundamentalista es el responsable de las dificultades existentes para una adecuada educación sexual en los colegios, del cierre de los centros de planificación familiar, de un cada vez más difícil acceso a un asesoramiento anticonceptivo en la sanidad pública, de la no financiación pública de dichos anticonceptivos o de la presión contra la libre dispensación de la píldora del día después. El mismo que hizo que en este país fuese delito hasta no hace tanto el uso o facilitación de cualquier método anticonceptivo o que, hasta hace menos todavía, la mujer necesitase para acceder a un método permanente de la autorización de su marido, o que, todavía a día de hoy, la esterilidad femenina sea considerada causa de nulidad del sacramento del matrimonio. Porque en el fondo la imposición de un embarazo no deseado no es más que una perturbada y sectaria visión del sexo sin fines reproductivos, del sexo como mero placer. Un fanatismo religioso inaceptable de ser plasmado en las leyes de un país que, según ese papel higiénico llamado Consitución, se declara aconfesional.

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Una reflexión, en fin, más allá del no menos cínico argumentario pseudocientífico sobre el ADN y el código genético que resulta cuando menos bochornoso en boca de los miembros de una Iglesia basada en dogmas tan alejados y contradictorios con cualquier evidencia científica, más aún en temas relacionados con el origen mismo de la vida. Sus justificaciones basadas en las cadenas de ácido desoxirribonucleico y la carga genética única del óvulo una vez fecundado provocan vergüenza ajena por inexactas y manipuladas. Pero sobre todo escucharlas a quienes defienden como dogma la creación bíblica explicada en su Génesis o la Inmaculada Concepción de María no puede provocar otra cosa que la risa floja si no fuese por el tremendo sufrimiento que su fanatismo religioso infringirá a miles de mujeres que nada tienen que ver con su secta.

La Ciencia, esa que con tanta frecuencia les espanta, y de la que toman de forma inconexa términos con los que disfrazar sus viejos dogmas, coinciden en denominar aborto la interrupción de un embarazo una vez se ha producido la implantación y nunca antes (por mucho que quienes solo toman del conocimiento científico términos vacíos que poder manipular e insisten en considerar como aborto la acción del DIU o de la píldora postcoital) pero no se pone de acuerdo en la consideración del inicio de la vida humana como tal. Para unos comienza en la semana 14ª de amenorrea por ser cuando comienzan a establecerse las redes neuronales en el cerebro. Para otros en la semana 24ª por ser hasta entonces absolutamente inviable la supervivencia del feto fuera del vientre de su madre. También hay muchas otras posturas posiblemente igual de válidas o de inválidas. Por eso finalmente, dentro de esos límites, por esa falta de evidencias científicas incuestionables, no puede ser otra que la propia mujer la que tome la decisión en base a sus propias convicciones.

Es difícil tratar de imponer la creencia sobre el momento en que Dios dota de alma a un embrión humano, especialmente a los que no creemos en la existencia de tal Dios ni de tal alma inmortal. Pero tampoco en otras religiones encontramos parangón con el extremismo católico. Ni siquiera entre sus hermanas monoteístas que comparten las mismas creencias sobre Dios y el alma. Para judíos y musulmanes el alma no es infundida en el mismo momento de la concepción sino a los cuarenta días de ésta y aceptan una restrictiva ley de plazos hasta avanzada la séptima semana de gestación por considerar que no existe hasta entonces una vida humana dotada de alma. De hecho éste ha sido también históricamente un dogma para la Iglesia Católica. Tanto para San Agustín como para Santo Tomás de Aquino, dos de los principalesd “padres” de la Iglesia, el alma era infundida a los cuarenta y seis días (8+6 SA) en el embrión masculino y, sorpréndase pero poco, a los noventa días (fin de la 12ª semana) en el caso de que el embrión fuera femenino.

Esta fue la Doctrina oficial de la Iglesia Católica, especialmente desde el Concilio de Trento, hasta que Pío IX en su Apostolica Sedis de 1869 decidió, por inspiración divina que es como hablan y escriben los Papas, condenar por igual cualquier interrupción de un embarazo independientemente del momento, convirtiéndose, junto con algunas escuelas islámicas fundamentalistas, en la religión más restrictiva del mundo a este respecto. Poca tenía que ver tal decisión con convicciones morales, filosóficas o teológicas. Buen aprueba de ello es tanto su propia doctrina más reciente, como la Declaración sobre el Aborto Provocado de su Congregación para la Doctrina de la Fe de 1974 en la que considera desconocido e irrelevante el momento de la infusión del alma en el embrión y les lleva a actuar simplemente bajo “la posibilidad teórica de que sea así”. Como también lo prueba el trato dado por los católicos al producto de los abortos espontáneos del primer trimestre. Desde luego no son bautizado postmortem ni enterrados en Campo Santo como sí hacen con los fetos muertos intraútero a término. Sabemos, y saben, que más de mitad de las concepciones se pierden por distintas causas naturales antes incluso de la primera falta y el óvulo fecundado se pierde con la sangre menstrual sin que haya habido evidencia de tal vida humana. Sin embargo pese a que la sangre menstrual de la mujer que ha tenido en el mes anterior contacto carnal sin un método anticonceptivo fiable, algo también pecaminoso y obsceno para esas mentes retorcidas que legislan sobre nuestras vidas, tiene esa misma posibilidad teórica de contener un embrión cadáver no he visto nunca a ninguna católica, por muy fanática que sea, que en vez de arrojarlas directamente a la basura lleven sus compresas (no creo que usen tampones) cada mes al Campo Santo por la posibilidad de que efectivamente dichas compresas alberguen en su seno el resto de una vida humana. El día que lleven a cabo tal estupidez empezaré a creerme en su sinceridad cuando hablan de esa vida humana que es el zigoto desde el momento mismo de su concepción.
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Evidentemente no es esa creencia irracional la que sinceramente les lleva desde finales del siglo XIX a defender tal postura sino el miedo a la emancipación de la mujer de su rol reproductivo, el único aceptable en una secta basada en el patriarcado y la misoginia. Para las religiones bíblicas la mujer no ha sido más que una posesión más del hombre y como tal ha sido tratada. La única referencia bíblica al aborto provocado, mencionada en el libro del Éxodo (21,22-23), lo hace como condena por el aborto provocado por agresiones de desconocidos a una mujer encinta. Y no por homicidio ni por lesiones a la mujer sino por el perjuicio económico que tal acto supone para el dueño de ambos, mujer y embrión. El Cristianismo, adaptación de San Pablo de las creencias judías a la cultura helénica, cambiaría poco tal concepción por la similar valoración de la mujer en la sociedad griega. La fórmula protocolaria de la despotatio en la Atenas del siglo IV a.C. lo expresaba muy gráficamente: “te doy a labrar mi hija para procrear hijos legítimos”. Basado en la argumentación de sus filósofos (especialmente Aristóteles, que tanto peso tendría en la posterior elaboración de la teología propiamente cristiana) de que la mujer es un varón deforme e inacabado sin más valor que permitirle a éste su propia perpetuación mediante la procreación de sus hijos, griegos y romanos, antes y después de su conversión, no condenaban el aborto provocado en sí sino únicamente aquel que era llevado a cabo sin el consentimiento del pater familias en tanto que era un atentado contra sus bienes y su hacienda. Ese es el valor que la mentalidad judeocristiana en todas sus modalidades ha dado a la mujer a lo largo de la historia y lo que verdaderamente tiembla desde que a finales del siglo XIX el movimiento feminista y el acceso a métodos anticonceptivos y abortivos cada vez más eficaces y seguros empezase a cuestionarlo. Y ese es el único leif motiv que impulsa, desde Pio IX a Gallardón II en esa Santa Cruzada.

En ese debate de supuestos que han llevado a cabo desde memorables teólogos católicos hasta cargos actuales del Partido Popular se mantienen siempre dos axiomas incuestionable: la exigencia de incapacitación de la mujer (en esta futura Contrarreforma mediante el dictamen de dos psiquiatras independientes) que deje bien claro que dicha interrupción no es una decisión libre de la mujer como sujeto adulto y responsable de sus propias decisiones sino el fracaso del único rol digno que le es concedido por el patriarcado católico, el de madre de los hijos de su esposo. El otro axioma incuestionable es el derecho a la mujer a interrumpir su embarazo en caso de violación. Sorprende, sin duda, como de pronto en este caso (y para muchos fundamentalistas sólo en este caso) el embrión deja de ser una víctima inocente sin responsabilidad por los actos de su padre y necesitada de todo el apoyo de la sociedad, para pasar algo perfectamente prescindible del que la sociedad puede y debe desentenderse. Sorprende, sin duda, pero responde no a una excepción a la restricción de los derechos de la mujer sino a la única excepción a la propiedad que se concede al hombre sobre el producto de su semen que la embarazada está concibiendo en su seno.
Porque el único motivo que esconden las leyes restrictivas sobre el aborto es la propiedad patriarcal sobre el cuerpo y el rol reproductivo de la mujer. Algo que explicó ya magistralmente Esquilo en su Euménides en el siglo V a.C.: “La que es llamada madre no es madre de su progenie, sino nodriza del reción plantado embrión. El varón engendra. La mujer, una extraña, guarda al hijo extraño”.

aborto Gallardón

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