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#yosoyChupagrifos

Supongo que nadie más allá de Cuenca, o quizá de las provincias colindantes, conozca a Chupagrifos.

chupagrifos

Chupagrifos es el héroe de guiñol que hacía las delicias de los niños de la Cuenca de los años sesenta en un momento y lugar en el que pocas propuestas culturales podían hacerle competencia.

Desde hace unos años la tercera generación de titiriteros, que con el nombre artístico de Maese Cosman, siguen dando vida Chupagrifos vuelve a presentar el mismo espectáculo de guiñol que yo  disfrutaba de pequeño.

No he tenido ninguna intención, sin embargo, de llevar a mis hijos a verlo. Recuerdo sus argumentos como lo más alejado del mensaje que considero apropìado para sus edades, que en el fondo no es tan distinto del de cualquier edad. Recuerdo tramas simplonas plagadas de violencia gratuita, intolerancia y machismo. De odio al diferente. De la asunción acrítica del papel redentor de Chupagrifos y de sus agresiones violentas, cachiporra en ristre, a la Bruja Piruja y al Ogro Trabaldabas para imponer su control a la tonta e indefensa princesita típica de cualquier cuento de niños.

Y mientras el auditorio infantil jaleando al macarra protagonista en cada cachiporrazo que brutalmente arreaba a la patética pareja de ancianos. Simplemente porque así lo marcaba el guión y ellos eran los diferentes, los estigmatizados, los que creaban un fácil consenso en la asamblea infantil de que tenían que ser los perseguidos y los golpeados.

Nada de provecho que ofrecer a un auditorio infantil, pero por otro lado nada muy distinto a los argumentos y los valores de los cuentos tradicionales, esos de Andersen, Perrault o los hermanos Grimm que tanto añoran algunos pero que tan poco echo en falta en la educación de mis hijos. Como tampoco es distinto a lo que les ofrecen hoy en día Disney e industrias similares  de adoctrinamiento infantil.

Por ello es siempre, cuando menos, discutible, el calificar los espectáculos en función de su público diana. Recuerdo la discusión con el portero del Teatro-Auditorio de Cuenca para conseguir que les dejase entrar con siete años a una obra (Caricias, de Sergi Belber) en la que participaba su madre, porque había un desnudo y se hablaba de relaciones homosexuales. Y la soprpresa de muchos por hacerlo. Los mismos que se sorprenden de que no los lleve a ver a Chupagrifos, a la vaquilla o a las procesiones de Semana Santa. Aquellos con los que no me pondría nunca de acuerdo en calificar si un espectáculo es idóneo para niños o no. Porque entiendo que la responsabilidad última de qué están unos niños preparados o no para ver son sus padres y que, en todo caso, el error de programar para un público infantil un espectáculo ideado para adultos como el de Títeres desde abajo no me parece mayor que el de quienes programan y financian con fondos públicos becerradas infantiles o incluso la parrilla del canal público infantil de tv.

becerrada

Pero no se trata de eso el debate. Error o no, el asunto no habría tenido más trascendencia que los trajes de los Magos de la Cabalgata. El problema, aparte de las bestiales ganas al gobierno municipal de Madrid, es que hay quienes no están dispuestos a admitir que las herramientas tradicionalmente puestas al servicio del adoctrinamiento ideológico de la infancia, desde las Cabalgatas de seres imaginarios, a los espectáculos de títeres y marionetas, donde se impartían lecciones sobre su moral, su clasificación en buenos y malos, su uso legítimo de la violencia, su odio al diferente y su modelo social, se trastoquen en propuestas alternativas que cuestionen todo su paradigma social y cultural. El problema, en el fondo, no es otro que el que se cuenten historias -a niños o a adultos, que, no nos engañemos, es lo de menos- en las que los apaleados no sean los miserables, los perdedores y los marginados, sino la policía, el juez o el cura. Eso sí que no. Eso hay que pararlo desde ya. Aunque sea inventando cualquier patraña como que la obra en cuestión se dedica a la exaltación del terrorismo, tal y como denunciaban los propios titiriteros en su obra.

bruja

A fin de cuentas la calidad y el mensaje de la representación de títeres del otro día no debería tener más interés que el de la crítica cultural para saber a qué espectáculos y propuestas culturales llevo a mis hijos y a cuales no. Lo que de verdad me preocupa de ellos es que de mayores vivan, y lo harán, en un mundo en el que la libertad sea un recuerdo, los jueces dicten qué libros pueden leerse y cuales deben quemarse y los autores y actores estén siempre a un pie de entrar al calabozo por intentar dar su visión de la realidad. Y ese futuro macabro de cuento de terror lo tenemos a la vuelta de la esquina y no estamos haciendo nada por evitarlo. Porque mientras nuestros “líderes” jugaban a la moda en un espectáculo donde los mimados por la industria de la cultura se creen revolucionarios y ácratas cuando protestan por pagar el mismo IVA que un mecánico o un carnicero, dos titiriteros, de los que no reciben subvenciones estatales ni premios Goya, dormían en el trullo acusados de terroristas por contar una historia. Violenta. Simple. De buenos y malos. Si. Como la de Chupagrifos. Como las de toda la vida. Pero en la que era la Bruja la que daba con la cahiporra, no la que recibía los palos.

No se si a esta obra llevaría a mis hijos. Posiblemente no, como no lo hago con Chupagrifos. Pero me asusta tremendamente que uno u otros estén en prisión por contar sus historias.

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Blog de “La bruja y Don Cristóbal”

Comunicado de CNT sobre la detención de los titiriteros

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